No fue poco lo que encontraron en
la sala de en un departamento en la colonia Obrera. Se supo entre otras cosas que
también había una tercera persona, una sirvienta, otra mujer según los vecinos,
mayor. Los únicos que los habían visto de refilón decían que se hacían pasar
por una pareja jipiosa y liberal, siempre encerrada, mucho incienso. Él con el
cabello largo que aún le crecía sobre la nuca, cubierta la cabeza por un
gorrito peruano, que dejaba escapar una trenza negra, sin anteojos y con barba
larga y entrecana. Ella una jipitequita una pelirroja casi rapada, sin
maquillaje, camiseta al ombligo, pantalones rotos, buenas sandalias de cuero
cómodas y taconudas. La otra persona era una madre postiza. Una señora bien
vestida, morena, alta fuerte, de hecho era campeona en artes marciales y
enfermera certificada, además de chef de fama mundial. Era la única que salía al
mercado, la prueba de ADN determinó que el sexo de dos de las víctimas era
masculino.
Las ráfagas de
9 mm y los casquillos percutidos hacían pensar en uzis, dos de las más de 10
millones producidas, con sus cañones de 10 pulgadas bajo la manga. Un solo cargador
fue suficiente en cada una, 60 tiros expertos, virtuosos, las cabezas quedaron
como queso gruyer, las paredes
salpicadas de arriba abajo, chorreando líquido rojo y agujeradas. Luego hacia
el suelo la sangre encharcada de los pechos, los estómagos y los pubis: desangramientos
asegurados y la alfombra arruinada. Gracias a los silenciadores los vecinos
pensaron que el tiroteo lo producía un tráiler con el escape abierto.
Los habían
dejado entrar, típica traición. En cuanto abrieron la puerta les llovió la plomizada.
Los cadáveres no fueron vistos más que
por los asesinos, que los metieron en bolsas y los sacaron como basura, una
cámara lejana y fuera de foco los graba al salir a cada uno por su lado. Se
llevan dos o tres fiambres para explotarlos demográficamente en el submundo de
los desaparecidos.
© 20170301